"Los relojes siguen viendo errores, siguen viendo caídos por sus agujas.
No se van a detener hasta encontrar a aquel que prenda a caminar por sus tiempos, parándose en el borde de la manilla a acariciar los minutos. Su alma de eternidad, de delirio, de calma".
Es tiempo de cerrar las cortinas, sentarnos frente a un espejo y vernos, vernos en medio de una inmensidad inexistente, que te obliga a ser todo y nada. Esa inmensidad que hace algún tiempo dejó de hablarme y me dejó en una burbuja de pleno invierno. A veces solo las calles pueden mirarme, solo el viento puede hablarme y solo el tiempo escucharme llorar. Mientras el resto me mira sabiendo todo y nada, suponiendo todo y nada, rumoreando todo y nada.
Es hora de vernos los ojos, buscar en las pupilas que fue lo que se quedo atrás, no el pasado, no, el ya no volverá. Es solo algo que se cayó al paso, quizás fue un consejo, quizás fue una mano, quizás fue una palabra.
Una palabra infinita que corre por campos de sabidurías desdichadas, porque siempre son dejadas allí. Una palabra que toca con sus manos el amor para condensarlo en todo lo que el hombre nunca ha sido capaz de describir, en todo lo que respiramos con un espíritu de sumisión absoluta. Una palabra cuyo aliento a despertado la nobleza de los arrebatados, de las casa entrecortadas por una realidad discontinua, que se asoma a nuestros pies para saludarnos. Una palabra que se vuelve sublime y exasperante, una palabra que no entra y sale, ni sale y entra. Una palabra abstracta, que disipa todos los males del mundo, pero que cuando no la toman, los conjuga en su nombre de cómplice.