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Ovalle, IV Región, Chile

martes, 21 de mayo de 2013

Copa de colisiones, brebaje perfecto.

Vivir de rastros inmigrantes. La historia cuenta que bajo cada minuto de sombra una brisa eléctrica va generando un lazo entre la cornisa de nuestros labios, haciendo un puente, para que cada vez las palabras sean más directas, para que cada vez sean palabras más cómplices...

Paralelamente la construcción a sido retraída por el fulgor de las sonrisas, los silencios, benditos cada uno, la introspección desprevenida de las pupilas, cada saludo que no basto con más que un reconocimiento a lo lejos, recabando en la memoria la perplejidad de sentirse confortado por el hecho de estar ahí, a medio kilómetro de separación, dibujando vértices y curvas en la distancia de las agonías y las esperanzas, los bordes de los relojes rebalsándose de ecos supersónicos.

El cruce del asfalto sobre la tierra cruda, cruda de tiempo, estática sobre el sueño de florecer en el medio del desierto febril de las calles, enamorar a un transeúnte con una rosa en el medio de los atrasos inminentes, de las miradas discontinuas, de todos los peregrinos perdidos en la obstinación de encontrar la similitud entre éxito, responsabilidad y felicidad.

Entre cruces, entre líneas férreas se esconde el resto del contenido, somos las personas incorrectas, en el momento perfecto, de frente, de tope, de inicio, de siempre, de fin. Y no me acompleja admitirlo, la mejor decisión es avanzar en el paso frenético de latidos, pum, pum, marcha y ritmo; pum, pum, lo imperfecto de nuestros rostros que se vuelven los versos más efímeros para contar.

No sé como escribir esa clase de historia, pero sé como saborearla, sufrir el éxtasis de cada sentimiento enajenado, subir al viento entre los humos de cada promesa precavida; y eso es lo que quiero, drogarme de cada latido que se escuche de ti.

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