Cinco minutos sobre la estantería que esperan ser contados, mil hojas bajo la cama, mil ensayos de la vida, millones de poemas que terminaron en el tacho de la basura en la incógnita de que algún curioso aventurero les diera vida.
Latidos, bombos y trompetas; en la marcha no hay tropiezo que sea significativo. Los bailarines gozan de la estrategia de plantar su estampa frente a los sabores que dejó la música en medio de los gritos de euforia, es como si el eco se engendrará en el centro del pecho y flotará del vientre hasta el infinito, como una mirada, como un susurro, como un suspiro.
En cada disfraz del carnaval hay un anónimo entumido por el frío que le produce no poder gritar su nombre, mientras que las que no calzaron para la fiesta se arropan con sus trajes brillantes en medio de la noche para esperar que la vida las recoja a cambio de la sonrisa de unos cuantos hombres. Mientras que los que no calzaron para la fiesta caminan con trajes descosidos a las sombras del día, imaginando sin rostro lo que significa ser feliz.
Mientras que los que van comandando la tropa auguran futuro y estela, palabra cortadas, pasos largos, momentos grandiosos, mientras los que van en el fondo se quedan con los aplausos del triunfo de los inocentes, las caricias vacías, las ganas de vivir, historias para el tiempo.
Mientras los que pasan tras la fiesta recogen los restos de alegría, los pegan en un papel y encuentran las palabras correctas para cinco minutos sobre las estanterías.
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jueves, 10 de enero de 2013
viernes, 4 de enero de 2013
Sinfonía de cuentos acumulados.
No puedo escribir las palabras que en este momento son precisas, pero asumir que en algún momento estaré pretendiendo que soy lo realmente libre para entender que cosas son las importantes dentro y fuera de mí me es suficiente.
Deja Vu, cada parpadeo se volvió uno, cada suspiro se convirtió en la historia para otro, así construí una escalera gigante, me senté en la luna y miré desde allá arriba como crecían las estrellas en la oscuridad del espacio, del tiempo, de las palabras y el sueño de cada uno de los que estaban en el suelo firme. Surgí desde las raíces de mi misma, perdí el fruto y las semillas se fueron entre medio de la brisa, y ahora con las rodillas descubiertas y la frente en el horizonte intento encontrar donde florecieron todas las palabras y sentimientos que en algún momento procuré sembrar.
No dejamos rastro, entre saltos de línea intente buscar las palabras ocultas y no las encontré, aún así ideamos la forma de hacer un camino hacía nosotros mismos y la ruta de aquella paloma blanca que solemos llamar paz, ¿Por qué no lo puede ser una negra, una gris? ¿Son demasiado comunes para que suceda?...
Luego entre coma y coma entiendo cosas pequeñas, que se vuelven gigantes. Gigantes de carne y hueso, gigantes de corazón, los que encontraron todas las piezas perdidas, formaron un puente y me toman de las manos cuando no soy lo suficientemente elocuente para entender como se supone que debo cruzar un río. Y están ahí, siempre, quizás tú me veas en ellos, como yo te veo a ti. Y para cada uno hay una tabla, llamada momentos, que se susurró en un libro escrito con millones de historias, felices, tristes, dramáticas, como todo buen libro siempre tiene, las hojas más importantes de cada uno están bordadas con un línea dorada, que tiene calcado con cenizas "experiencia" y se inyecta como la heroína, te sube, te baja, te envuelve hasta hacerte bullir en medio de la euforia de todos los locos melancólicos y los ebrios de dulzura.
Un columpio que se sostiene entre los deseos de ser una estrella fugaz y los de ser el afortunado de encontrarse con una cuando los brazos están a medio caer; se sostiene entre tu y yo, el viento que pasa en el espacio entre nosotros, mientras que la atracción se hace inminente, es ley, no importa cuanto te quiera, cuanto te maldiga, cuanto te odie.
... no importa cuanto te quiera, te maldiga, te odie.-
Deja Vu, cada parpadeo se volvió uno, cada suspiro se convirtió en la historia para otro, así construí una escalera gigante, me senté en la luna y miré desde allá arriba como crecían las estrellas en la oscuridad del espacio, del tiempo, de las palabras y el sueño de cada uno de los que estaban en el suelo firme. Surgí desde las raíces de mi misma, perdí el fruto y las semillas se fueron entre medio de la brisa, y ahora con las rodillas descubiertas y la frente en el horizonte intento encontrar donde florecieron todas las palabras y sentimientos que en algún momento procuré sembrar.
No dejamos rastro, entre saltos de línea intente buscar las palabras ocultas y no las encontré, aún así ideamos la forma de hacer un camino hacía nosotros mismos y la ruta de aquella paloma blanca que solemos llamar paz, ¿Por qué no lo puede ser una negra, una gris? ¿Son demasiado comunes para que suceda?...
Luego entre coma y coma entiendo cosas pequeñas, que se vuelven gigantes. Gigantes de carne y hueso, gigantes de corazón, los que encontraron todas las piezas perdidas, formaron un puente y me toman de las manos cuando no soy lo suficientemente elocuente para entender como se supone que debo cruzar un río. Y están ahí, siempre, quizás tú me veas en ellos, como yo te veo a ti. Y para cada uno hay una tabla, llamada momentos, que se susurró en un libro escrito con millones de historias, felices, tristes, dramáticas, como todo buen libro siempre tiene, las hojas más importantes de cada uno están bordadas con un línea dorada, que tiene calcado con cenizas "experiencia" y se inyecta como la heroína, te sube, te baja, te envuelve hasta hacerte bullir en medio de la euforia de todos los locos melancólicos y los ebrios de dulzura.
Un columpio que se sostiene entre los deseos de ser una estrella fugaz y los de ser el afortunado de encontrarse con una cuando los brazos están a medio caer; se sostiene entre tu y yo, el viento que pasa en el espacio entre nosotros, mientras que la atracción se hace inminente, es ley, no importa cuanto te quiera, cuanto te maldiga, cuanto te odie.
... no importa cuanto te quiera, te maldiga, te odie.-
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