Cinco minutos sobre la estantería que esperan ser contados, mil hojas bajo la cama, mil ensayos de la vida, millones de poemas que terminaron en el tacho de la basura en la incógnita de que algún curioso aventurero les diera vida.
Latidos, bombos y trompetas; en la marcha no hay tropiezo que sea significativo. Los bailarines gozan de la estrategia de plantar su estampa frente a los sabores que dejó la música en medio de los gritos de euforia, es como si el eco se engendrará en el centro del pecho y flotará del vientre hasta el infinito, como una mirada, como un susurro, como un suspiro.
En cada disfraz del carnaval hay un anónimo entumido por el frío que le produce no poder gritar su nombre, mientras que las que no calzaron para la fiesta se arropan con sus trajes brillantes en medio de la noche para esperar que la vida las recoja a cambio de la sonrisa de unos cuantos hombres. Mientras que los que no calzaron para la fiesta caminan con trajes descosidos a las sombras del día, imaginando sin rostro lo que significa ser feliz.
Mientras que los que van comandando la tropa auguran futuro y estela, palabra cortadas, pasos largos, momentos grandiosos, mientras los que van en el fondo se quedan con los aplausos del triunfo de los inocentes, las caricias vacías, las ganas de vivir, historias para el tiempo.
Mientras los que pasan tras la fiesta recogen los restos de alegría, los pegan en un papel y encuentran las palabras correctas para cinco minutos sobre las estanterías.
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