Cae pacifica, tranquila, serena... Cae resbaladiza, oculta, cristalina... Cae perfecta, poderosa, verdadera...
Cae, pasa el límite, pausa los momentos flagelados, y explota contra lo concreto, concreto. Su eco silencia todo rastro, enmudece los latidos, se funde en el viento y sube al cielo mensajero, solo una, no tiembla, no agita, no sonroja; solo una, suficiente y devota. Ojos secos, rastro eterno.
Sentada en el borde del anden, las piernas colgando al infinito, no ha vuelto a pasar en años, nunca pasó, sólo habían escuchado historias de cuando se llevo a pioneros desafortunados, y aquí, en el tiempo, el vacío, una esfera de emociones sostenida entre los focos de los rieles, el piso revuelto en papel, para que pudieras hacer un ángel de confesiones frotando tu cuerpo contra el cemento.
Luego de dos estaciones tiene la forma de él sosteniendo tus brazos, como si el Otoño volviera a traer a los enamorados a su puerto de primavera, barcos que no zarpan en la costa, palabras que se quedan en la garganta, caricias que se esconden en las mangas sin convertirse en magia. Luego el invierno las siembra, el verano las cosecha y las madura otras tres estaciones para que el fruto sea lo suficientemente truculento para embriagar a los empedernidos consumidores de sus placeres.
Tu te escondiste en la rama más alta del alerce, los viste llegar a todos de la mano, con zapatos color esperanza, miradas curiosas, cabello ordenado, todos, nadie, sombras, huellas... Luego pasó ella, sin maletas, sin rubores, cabello al viento, mirada profunda, zapatos grises... faltabas tú.
Se sentó a esperar ningún tren, cortó millones de papeles, escribió todos sus secretos, se durmió en el borde de la vía... se marchó para siempre... el alerce dejó de crecer.
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