No se van a detener hasta encontrar a aquel que prenda a caminar por sus tiempos, parándose en el borde de la manilla a acariciar los minutos. Su alma de eternidad, de delirio, de calma.
Esa alma gemela que no existió, que solo aparecía dando sueños al que cerró los ojos y quiso ver el futuro. Tu no existes, tu eres solo un tiempo estrellado, escrito en todas las murallas, inserto en todas las fotos. Tú que con un soplo arrancas todo aquello que la tempestad nunca logró sacar a flote, lo que ningún escritor puso en papeles amados.
Tú, que estás en aquel baúl, el baúl de rosas marchitas, de sentimientos abstractos, de besos abandonados y de caminos retraídos por la soledad. Tú, oculto en lo más profundo del cuerpo, de la mente, das luz a lo que se entristece con el caminar pausado, con la solemnidad de una vida que pide a gritos rasgar las páginas del destino.
Destino, culpable de todos los males, excusa de todos los hombres. Eres el pecado del inocente, caminar hacía ti es ir vendando. No seas absurdo, tu no eres más que una creación para culpar el error, pobre de ti que sufres la agonía de ser detestado, de ser amado, de ser recordado sólo por tramos, de ser el manipulador de los males de amor.
Males que no son tan malos, males que se ríen, males que se sufren hasta verle los pies a ese que no existe, ese Tú.
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