Entre la frontera de mi pecho y mi cintura el tiempo se ha detenido, se expulsado el latir de cinco tiempos, lo corazones de cada parte fundamental de mi; pensar, respirar, mover, sentir, latir.
Y entre las trincheras de los recuerdos se ha desatado una guerra entre la experiencia y la curiosidad, que se miran con recelo mientras el sueño los sienta en una sola mesa a discutir sobre lo bello del clima, el sol está fijo, las huellas en las paredes son grietas eternas, sin dudas, sin temores, aparecen bajo el reflejo de las nubes, mientras que la estatua de todos los buenos modales no puede pestañear, porque la adrenalina está cubriendo su boca, quiere darle un beso, pero el campo magnético entre ellas nunca permitirá que se acerquen, nunca podrá existir un roce en sus sentimientos.
Las palabras en el límite del trecho se convierten en tatuajes, están ahí, escritos con tinta de vida, esperando a ser exhibidos al mundo en el vaivén de las emociones, cuando el columpio aguante a dos personas, cuando el viento sea lo suficientemente fuerte para balancearlos hasta la luna, donde perderán la gravedad de sus miedos, y el medio será mucho más fructífero que las excusas.
Por hoy no queda más que rozar las marcas de los suspiros hasta caer dormida y entender que bajo ese hechizo el mundo parece girar un poco más rápido, y la hiedra despeja el camino a el cielo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario