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Ovalle, IV Región, Chile

jueves, 21 de abril de 2011

Hoy, es tal vez el mañana.

Una de las grandes cosas que se soluciona con una pantalla de lágrimas, es entender y abrir la mente a que hay errores que caben en todas las clasificaciones, los propios, los ajenos, los combinados, los irrepetibles, los comunes, los inestables, los suicidas y los decadentes.
También la fragilidad del resto, el dominio del cuerpo sobre los rostros y las voluntades. ¿En que punto el consciente se adueñó de nuestra humanidad?
Los cerrojos de las puertas ya no son un secreto escondite para la mirada a la otra habitación, y los armarios han sido humillados a esconder a todos los que son juzgados como "fuera" para esta sociedad. ¿Norma?¿Regla? El absolutismo de las ideas del pasado que se disfrazan de polillas en el presente para abismar a aquellos que han dado la cara al cambio.

Callar. Mirar a las personas desde un punto fijo caminar, vivir y soñar, pero en un proceso mecánico que dice arriba, abajo, al frente, habla, calla, saluda, ignora. Ver los paseos de un par de zapatos que contienen un vació de responsabilidades y deberes. Nada de derechos.

La gente que se apaga las pupilas y las enciende sólo para ir a dormir. Las camisolas, las chaquetas y las blusas de momentos tiradas a la basura por dejar de marcar tendencia.
Millones de risas euforicas que se deben contener por no estar en el lugar indicado.

Y sí, la verdad es que el efecto domino a derribado a la mayoría de los peones, a los blancos, a los negros, a los brillantes, a los pequeños y a los no tanto. Porque uno empuja al otro, y por inercia o no, aunque no caigamos "literalmente" entramos en la dimensión de Hola, soy cuadrado. Adiós, soy rectángulo. Envolvemos en cinta aislante al corazón, y con el, a otro lo otro que mantiene el tiempo como sólo un señor viejo.

Puntos suspensivos. Querer gritar las cosas pero comertelas.

Ahora, algunos perdieron el ángulo. Es la oportunidad frente a nuestras narices para levantar la frente y dejar de mirar tanto el piso en busca de piedras con las que podriamos tropezar. ¡Qué importa caerse! si la victoria de levantarse es un consuelo impagable.
Es la oportunidad de dejar de ser la siguiente rama de un árbol. ¿Por qué no ser la raíz para uno nuevo? Uno con fruto un poco más dulces, flores de colores vivos.
Dejar de vivir en una idiota superficialidad del soy más, soy menos. Yo merezco, yo no. Tu puedes, tu NO. Permitirle a la sangre correr por las venas, como puede hacerlo.

Es hora de poder cerrar los ojos, y caminar sin pensar en una cuerda floja que te tire a lo aceptable o lo condenable. Es hora de dejar un poco volar el subconsciente, y tratar de interpretar todo lo que tiene para nosotros en la complejidad de sus verdades abstractas.
Hora de dejar de soñar sólo cuando no halla un sol para alumbrarlo. Hora de dejar escapar las palabras y los sentimientos, porque son los fundamentos de un cuerpo que no es sólo brazos y piernas, es mente y corazón.
Dejar de hablar sin saber, y saber sin hablar. Porque el daño deja la cicatriz, y la cicatriz queda para siempre.

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