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Ovalle, IV Región, Chile

sábado, 7 de mayo de 2011

Ventanas para llevar.

Es un lindo día, lo puedo ver desde mi ventana, es la única que no tiene barrotes.
Creo que arregle un par de cuadernos con lo poco que me queda de palabras en un bolso, un lápiz por si algo me venía en el camino. Me puse los zapatos y ya estaba lista. Que más se necesita para huir.

Deje de ver el lindo día, abrí mi ventana sin barrotes y corrí.
Corrí por las calles, habían unas grandes, otras pequeñas, todas con distintos colores, con distintas fallas, pero las mismas gritas y los mismos hoyos.
Habían millones de personas, y casi ninguna se dio vuelta a preguntarse por qué no podía parar de correr.
Habían millones de perros que por un rato me siguieron, pero por culpa de mi indiferencia me dejaron sola en la carrera.
Pasé por tantos lugares, en algunos había mucha gente feliz, procuré no estorbarle a ninguno de ellos. Maniobré para no separarle las mano a unos padres con sus hijos, y doble muchas otras veces más para no chocar con jóvenes entrelazados.
En algún momento pasé por callejones, las casas se derretían grises, sus personas también. Al único que le brillaban los ojos era a un niño sentado en una vereda, pareciera como si estuviese esperando.
Había calles tan vacías, habían otras repulsivamente llenas.
Entre paso y paso, pasé por un grupo grande, te caras conocidas, me sonreían, pero nunca intentaron detenerme.
Seguí corriendo, tiré los papeles en todos los pedazos que me dejara dividirlos, ya no me servían, simplemente dejé que Dios le mandará algún fragmento a alguien por si alguna vez le hacía falta.
Di muchos pasos, mi cuerpo estaba tan cansado, mi mente le consolaba con la idea de que ya no había nada de que preocuparse. Mire un poco a mis costados y el cemento ya no estaba bajo mis pies, el crujir de las hojas se hacía cada vez más intenso y cautivador. Boté la mochila, o lo que quedaba de ella.
Aún seguí. Llegue al agua, la vi escurrir torrentosa. Me saqué mis zapatos. y camine sobre las piedras que sólo hacían cosquillas. En algún momento inesperados mis piernas rogaron un poco de piedad, me detuve, camine con lo poco que aún me quedaba de mi, me senté en un tronco caído, suspire y me dormí.
Abrí los ojos frente a mi ventana con barrotes, esperando a que un día se pudiera salir de allí.

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