Quizás no soy lo suficientemente valiente para enfrentar los remotos rencores del viento, como me invitan a bailar, mientras yo recorro cada vértice de la tierra pateando piedras para construirme un hogar, uno cálido, uno honesto, uno mío.
Sé malabares con cuchillos y antorchas, pero me corto con papel y me quemo con el roce rápido te tu mano sobre mi rostro... las mejillas enfurecidas, los ojos humedecidos, decididos a apagar el incendio, mientras que las manos en mis rodillas no explican más que la fantasía que implica llorar en el borde de un risco cubierto por la gracia del cielo, en el centro de la tierra.
No quiero jugar con mis apuntes, no quiero que por nada del mundo toquen las hojas de mi cuaderno, mi mundo, mi persona, mi vómito emocional explosivo... No quiero que se ensucie de las ansias estrepitosas de un par de viajeros por enfrentar un oasis en el medio del paraíso, solo será un sorbo más de agua, y el corazón dará un latido menos de vida por la pérdida del milagro diario de respirar.
Y aunque en mi persona las palabras sean sagradas, nunca las aprendí a predicar, porque preferí conservar el secreto, el remedio que fueron, que son...
No quiero que invadas mi inconsciente, pero ya lo hiciste... ¿Y qué he de hacer?
Quiero que veas todo el caleidoscopio de canciones que contengo, pero lo ignoraste... ¿Y qué he de hacer?
Los pies descalzos dejan de doler cuando se acostumbran al rasguño de las hojas, a lo húmeda de la vida acotada bajo la corteza, y mientras no encuentren suelo perfecto para mis raíces, seguiré mi viaje, el de manos vacías, el de sin equipaje.
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